El club Dumas ★/☆☆

Autor: Arturo Pérez-Reverte – Año de publicación: 1993

Cualquier obra, incluso las más discutibles, deficientes, o vacuas, tiene sus precursoras. Nada existe por un azar o en un vacío, sin conexiones mucho más nítidas de lo que pueda parecer. Establecer esas conexiones, identificarlas y dibujarlas para el lector es la tarea de todo crítico, que ha de volver nítidos, como un médico forense, las causas, los porqués, las huellas, las intenciones, los objetivos, los finos hilos, muchas veces invisibles, que conforman el ADN de todo libro o cualquier otra obra narrativa. En el caso de Arturo Pérez-Reverte, quizá el escritor español más exitoso de los últimos treinta años, hacer tal cosa es muy fácil, al parecer, en cuanto uno no está a sueldo de los grandes medios que todavía pagan a críticos literarios profesionales, y que al mismo tiempo, me temo, poseen intereses en grandes editoriales y grupos de presión que necesitan de grandes nombres para mantener su precaria economía y la atención del público. Y en su caso es muy fácil, además, por dos razones fundamentales: porque lo que escribe no es literatura, y porque Pérez-Reverte, pese a esa opaca erudición que gusta en ostentar tanto en sus apariciones públicas o declaraciones por escrito, como en su producción novelística, no es un tipo precisamente sagaz, que sepa ocultar sus huellas…más bien todo lo contrario.

En realidad, todo nace de un fenómeno editorial acaecido en 1980 y escrito por el filósofo y profesor de universidad Umberto Eco, titulado ‘El nombre de la rosa’. Tal trabajo, que está muy lejos de ser una novela extraordinaria, pero que sin duda es una buena novela, muy bien escrita, narrada con solvencia y con inteligencia, y su éxito de público, que lo llevó a ser uno de los títulos más vendidos de su tiempo, abrieron el camino a infinidad de talentos mediocres que se dieron cuenta de que en el llamado «thriller histórico» tenían muchas posibilidades, si las casas editoriales confiaban en ellos, de obtener grandes ventas y de hacerse un hueco en el negocio del libro. Porque de negocio estamos hablando, no de literatura ni de arte. De productos. El de Eco fue un producto muy bien hecho, con hechuras de buena literatura, pero me temo que lo que han perpetrado tantísimos juntaletras no puede ni siquiera denominarse un producto bien hecho. En el caso de Pérez-Reverte, sin embargo, y sobre todo en el de ‘El club Dumas’, que es su cuarto trabajo, y su segunda novela de envergadura, hablamos de un conjunto bastante bien hecho en algunos aspectos, que no es literatura, porque carece de literariedad, de estilo, de prosa literaria, pero que hay que reconocer que no está mal armado del todo (y de ahí su segunda estrellita vacía, véase la jerarquía arriba a la derecha), aunque ni siquiera hemos empezado a vislumbrar el camino que ha llevado a Pérez-Reverte hasta ella.

Y ese camino empieza con sus lecturas de infancia y juventud. El autor no ha tenido el menor empacho en admitir que se ha nutrido, como lector, sobre todo de novelas de aventuras clásicas, especialmente de Alexandre Dumas, concretamente ‘El conde de Montecristo’ (quizá la mejor novela del autor, la que mejor ha aguantado el paso del tiempo y la de prosa más cuidada) y el ciclo de ‘Los tres mosqueteros’, que posteriormente él ha llevado, o ha tratado de llevar, a terrenos más hispanos con su larga saga de ‘El capitán Alatriste’. Pero esos títulos no son objeto de esta crítica, y sí ‘El club Dumas’, que narra las vicisitudes de un «detective de libros» (así le llaman en la novela más de una vez) llamado Lucas Corso, que se ve envuelto en una compleja trama cuando le encargan corroborar la autenticidad de un capítulo manuscrito aparentemente perdido de ‘Los tres mosqueteros’, y al mismo tiempo autentificar una copia de un libro ficticio llamado ‘Las nueve puertas’, con el que algunos creen que se puede invocar al diablo. Toda vez que la trama se complica más y más, Lucas Corso llegará a creer que ambos encargos están conectados de alguna manera, y de ellos se valdrá el escritor para contar una trama que intenta ser erudita y trepidante al mismo tiempo. Y es obligatorio decir que no lo consigue en ningún momento, ninguna de las dos cosas.

Resulta paradójico que Pérez-Reverte, quien asegura ser un «lector pata negra» y «haber salvado la novela de los que cree que hay que escribir como William Faulkner», escriba sus libros para un público poco exigente, que no posee las herramientas necesarias para entender que se le está dando gato por liebre, y haciéndole ver que es gran literatura aquello que no es más que un producto astutamente diseñado con una pátina de falsa erudición y con un subtexto de gran intensidad narrativa. El gran problema (uno de ellos, pero este sería quizá el más rotundo de todos) es que Pérez-Reverte no posee estilo. Él no escribe «novelando», escribe contando. Existe una gran diferencia. El novelista escribe en pasado, pero el tiempo de la narración es presente. El cuentista cuenta cosas que siempre han pasado, escribe en diferido. Podría, pese a ello, lograr un conjunto atractivo si tuviera gracia en el contar, pero su estilo (si estilo se le puede llamar) de oficinista, su incapacidad para crear una voz, una forma plenamente literaria, logran hacer desconectar al lector continuamente, rompiendo el continuo espacio tiempo del que está hecho toda novela, haciendo trizas el ritmo y dejando demasiado claro, hasta el punto de alcanzar una zafiedad insoslayable, que el escritor habla por boca de todos sus personajes, enmascarándose en ellos, en lugar de desaparecer detrás de ellos, como hace todo verdadero narrador. El novelista ha de ser, y esto lo ignora Pérez-Reverte (como ignora tantas cosas), el marionetista que actúa en la sombra y al que nunca llega a verse ni la sombra de su artificio, ni un reflejo de su existencia, o su ficción quedará desnudada, revelada como tal, como ficción, como mentira, y el hechizo de toda obra narrativa se deshará como un azucarillo.

En algún momento, pese a todo, y a diferencia de muchas de sus novelas posteriores, en esta novela se percibe que el escritor se deja llevar por lo narrado, desaparece detrás de sus personajes y situaciones, y levanta un mundo imaginario con bastante pericia e instinto, pero no es más que un espejismo, que se viene abajo en cuanto llegan sus habituales digresiones sin venir a cuento, o sus chistes sin gracia. Lucas Corso, un obvio álter ego del escritor, será no una marioneta del destino, sino una marioneta de los designios del propio escritor, que no comprende, porque no es creador, ni es un verdadero novelista, que la trama no es una excusa, y que la prosa no es una explicación, sino que ambas, historia y prosa, han de fundirse para elaborar un mundo y una mirada, y que así las desventuras de sus criaturas serán creíbles, inevitables. Supongo que leer muchos libros durante décadas no te convierte necesariamente en un escritor capaz de entender los más básicos resortes de la ficción.

Esta novela fue adaptada nada menos que por Roman Polanski, en el filme ‘La novena puerta’, que dejaba de lado el componente del manuscrito de ‘Los tres mosqueteros’ para centrarse en la apócrifa novela satánica ‘Las nueve puertas’. Es obligado decir que se trata del filme menos logrado y por tanto más olvidable de la gran carrera del cineasta franco-polaco. A veces no está de Dios.

Puntuación final: 2

8 comentarios sobre “El club Dumas ★/☆☆

  1. Ya sé que esto que voy a escribir no tiene que ver con este libro de Reverte, el cual no he leído, pero de estos patanes también me molesta cuando les da por traducir a genios (Reverte aún no lo ha hecho, que yo sepa). Hace poco he visto una edición bilingüe de poemas de Wilde, traducidos por una muy mala poetisa de verso libre cuyo nombre no recuerdo, y la traducción no es precisamente buena. Se me viene a la cabeza además Javier Marías, que hace poco ha traducido poesía de Stevenson, la cual no pienso leer, etcétera, etcétera.

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    1. Este comentario tuyo no lo había visto…

      Ya, es un tema un tanto incomprensible. Algunos autores importantes han traducido, pero pocas veces con buenos resultados. Y esos que me nombras con resultados mucho peores, ¿no será esa poetisa Luna Miguel? Una escritora horrenda por cierto.

      Tengo mi ejemplar de ‘las palmeras salvajes’ traducido por Borges, y tengo la impresión de que otro lo habría hecho mejor…

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      1. Dios, esa poetisa que nombras (poetisa por usar un sustantivo) es deleznable, ciertamente. La que yo tenía en mente es Elvira Sastre, y no sé cuál de las dos es peor… La poesía en este país es tan lamentable como la novela, sin duda.
        Me creo lo que dices sobre Borges; traducir no era lo suyo. Sólo hay que leer sus traducciones de Melville o Whitman… Me recuerda a Cortázar, que se lo admira mucho como traductor de Poe y a mí me parece bastante cuestionable.
        Con Borges me pasa lo que a ti con Shakespeare. No entiendo esa admiración, esa veneración hacia su persona; y como hay una tendencia general a alabarlo, todo lo que escribió tiene que ser excelso y no puedes cuestionar nada de su obra. Yo creo que era un prosista muy decente, con un conocimiento inmenso del oficio y la técnica literaria, además de un mal poeta, y un ensayista y pensador bastante tímido y balbuceante.

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      2. Cierto. ES muy buen prosista, qué duda cabe.
        No obstante, y esto es una valoración personal, veo en su prosa mucha deuda formal, sintáctica, con el inglés… No estoy seguro de que sea un mérito o una debilidad, aunque tal vez me inclino por lo último. Pero ya te digo, es cosa mía y tal vez sea rizar al rizo.

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