Ran ★★★★★

Dirección: Akira Kurosawa
Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Masato Ide (sobre la pieza de William Shakespeare)
Intérpretes: Tatsuya Nakadai, Akira Terao, Jinpachi Nezu, Pîtâ, Mieko Harada, Masayuki Yui, Daisuke Ryû, Yoshiko Miyazaki, Hisashi Igawa, Kazuo Katô, Norio Matsui, Kenji Kodama, Toshiya Ito, Mansai Nomura, Takeshi Katô, Jun Tazaki, Hitoshi Ueki, Takao Zushi, Yoshitaka Zushi, Tetsuo Yamashita, Akihiko Sugizaki, Masaaki Sasaki, Yoshimitsu Yamaguchi, Masuo Amada, Masaru Sakurai, Sakae Kimura, Ryûjirô Oki

Existen filmes cuyas primeras imágenes, cuyas primeras sensaciones, más que convencerte de que vas a ver algo grande (sensaciones que luego pueden ser confirmadas o no), te dejan ya tan atónito que te pasas el resto del visionado en silencio contigo mismo, sin poder procesar en ningún momento aquello que estás viendo, porque la siguiente secuencia te deja aún más atónito, y la siguiente aún más, en un trenzado de más de dos horas y media (como es el caso) que literalmente te pasan por encima, te noquean por K.O. técnico y te envían al rincón de pensar durante varios días. Es el caso del filme número veintiocho de Akira Kurosawa, el grandioso y casi apocalíptico ‘Ran’ (1985) que sacudió las pantallas de medio mundo hace ahora treinta y seis años y cuyas conquistas todavía no han sido superadas por los numerosos títulos de cine épico y bélico que han aparecido –la mayoría del otro lado del atlántico–, que no poseen ni un diez por ciento de la fuerza visual y de la sabiduría escénica del maestro japonés bien porque se han negado a seguir este camino, bien porque se han visto incapaces de estar a la altura, y han quedado todas como juegos de niños al lado de este filme de vuelo estratosférico, pues incluso muchos filmes llamados clásicos del cine estadounidense palidecen ante su magisterio.

Tras el doloroso fracaso de la excelente ‘Barbarroja’ (Akahige, 1965), la carrera de Kurosawa se ralentizó, y a partir de entonces, ya en su madurez personal y creativa, sus proyectos se espaciaron en el tiempo, tardando unos cinco años en presentar cada nueva película, lo que no impidió que su estilo se depurase aún más y alcanzase unas cotas de perfección difícilmente equiparables a ningún otro cineasta contemporáneo, japonés o no. Así llegaron algunas de sus más grandes obras maestras, como ‘Dersu Uzala’ (1975), y así también la impresionante Kagemusha (1980), pero Kurosawa tenía un proyecto muy querido que se tomó su tiempo en llevar a cabo, pues necesitaba de un altísimo presupuesto para ser todo lo grandioso que él demandaba. Se trataba de una adaptación bastante libre de ‘El rey Lear’, porque este director, como ahora su paisano Miyazaki, aspiraba a la universalidad, que sería la cima de su cine. Tras muchos esfuerzos encontró apoyo financiero francés y con esta coproducción filmó exactamente todas las imágenes como él las había imaginado, sin salirse un milímetro de su sueño, y el resultado es, a falta de otra palabra mejor, apabullante.

A sus setenta y cinco años, que es la edad a la que otros grandes directores se retiran o mueren, cuando no hace tiempo que están olvidados por la crítica y el público, Kurosawa deja pasmado al espectador más avezado con la historia del patriarca de un poderoso clan quien, ya cercano a la ancianidad, decide abdicar en favor de sus tres hijos, otorgando al mayor el mejor castillo y el mayor poder, al segundo unas tierras y atribuciones inferiores al primero, y al tercero un último castillo y aún menores atribuciones, pidiéndoles que ayuden siempre a su hermano para que el clan y su poder se mantengan intactos. Pero nada más entregar su poder descubre que las adulaciones de sus dos hijos mayores eran pura hipocresía y de que van a arrebatarle por la fuerza todo lo que él no les entregue de buen grado, y que las advertencias de su hijo menor, el único que realmente le ama, eran ciertas. Se traduce así la historia del rey Lear, que por cierto no es original de Shakespeare, en la que el gran rey desoye las quejas de la única hija que le ama, desterrándola de su reino, sólo para descubrir qué clase de hijas ha criado. Pero en Kurosawa (tal como sucede en Welles) se hace convincente y sólido todo lo que en Shakespeare es dudoso y mal construido o incoherente, y sirve como punto de partida para narrar uno de los filmes más devastadores de la historia del cine.

El título, que significa Caos o Miseria, no puede estar mejor elegido. Con esta historia Kurosawa se adentra quizá como nunca antes en la miseria y en la mezquindad del corazón humano, pero también en la compasión y en el perdón, en la aceptación de las más terribles atrocidades y en la capacidad de sus personajes para enfrentarse al destino más aciago imaginable, construyendo algunas imágenes que dejan sin aliento, como el ataque al castillo en el que Hidetora (el antes orgulloso jefe del clan) se refugia, narrado en su mayor parte sin sonido, sólo con la espeluznante música de Tōru Takemitsu, mostrando el horror de la guerra, del odio fratricida, en el tono más desesperanzado imaginable. Pero esta secuencia cumbre no es la única, pues sus consecuencias (la traición de los dos hijos mayores) se ramifican en el resto de la película hasta alcanzar el eco en un final que parece casi predestinado. Obtenemos aquí quizá algunas de las imágenes con mayor profundidad de foco que ha dado el cine, en batallas con miles de soldados y caballos, de una complejidad enorme, con planos en los que vemos a un personaje y aquello que observa en la lejanía, con cualidades pictóricas inherentes que huyen sin embargo de un esteticismo vacuo, pues conforman parte de un todo de una casi imposible armonía conceptual.

Nada menos que tres directores de fotografía (Asakazu Nakai, Takao Saitô y Shôji Ueda) fueron necesarios para filmar esta obra monumental sobre el siglo XVI en Japón (que además fue el proyecto más caro de la cinematografía japonesa), que se aleja mucho de una exaltación de valores o de formas de vida medievales o tradicionales del Japón feudal, pues nos lleva a un mundo decadente, violentísimo, en el que las batallas por el poder son frecuentes y sanguinarias, en el que no hay piedad para los vencidos, y en el que siempre vence el más fuerte y el más taimado. Y para la caracterización de los personajes, Kurosawa se deja influenciar por el antiguo teatro del Noh sobre todo para la creación del gran patriarca Hidetora, interpretado con una fuerza indescriptible por Tatsuya Nakadai, y de la importantísima Lady Kaede, a la que da vida una Mieko Harada no menos impresionante, en el sorprendente hieratismo de ambos personajes sólo roto por bruscos cambios de actitud, tan propios del Noh. Y esto tiene todo el sentido porque no son los hijos los verdaderos antagonistas de Hidetora, sino la propia Lady Kaede en la consumación de su secreta venganza, pues si en la historia de los hijos estamos en un Rey Lear, en todo lo que tiene que ver con ella estamos directamente en ‘Macbeth’, configurándose ella como una terrible Lady Macbeth sedienta de sangre.

No caben palabras o ideas reduccionistas o sencillas para hablar de algo de la magnitud de este ‘Ran’, que es otra de las excepcionales obras maestras de un cineasta irrepetile, que aún tendría, por suerte, algunas películas en su interior antes de morir y al que debemos algunas de las secuencias más bellamente filmadas de la breve y a menudo sobrevalorada historia del cine, que cuenta con pocos cineastas de su nivel, por mucho que analistas superficiales se empeñen en lo contrario. Viendo ‘Ran’ uno tiene la certeza de que el cine se inventó para contar historias de esta amplitud, de esta altura poética, que ponen al ser humano en su justo lugar: muy cerca de una autodestrucción que nunca termina de llegar del todo.

Puntuación final: 10

6 comentarios sobre “Ran ★★★★★

  1. Todo lo que decís creo que objetivamente le hace mucha justicia a semejante pedazo de animalada cinematográfica. Muchas veces, yo me incluyo, la gente dice que tal o cual película es una obra maestra con mucha fácilidad, pero la realidad es que ese mérito es para pocas. Un 10 le queda corto.

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