Están vivos (They Live) ★★★★★

Dirección: John Carpenter
Guion: John Carpenter
Reparto: Roddy Piper, Keith David, Meg Foster, John Lawrence, George ‘Buck’ Flower, Peter Jason, Raymond St. Jacques, Susan Barnes, Sy Richardson, Norman Alden

La década de los 80 fue para Carpenter tan complicada, extrema y convulsa como lo fue para otros grandes directores de la industria estadounidense (Coppola, Scorsese) por el cambio de paradigma comercial e industrial, en los gustos de público y en el despiste generalizado de una crítica (sobre todo la anglosajona), que comenzó a demostrar que no estaba a la altura de las circunstancias a la hora de valorar los esfuerzos narrativos de los más grandes cineastas, con la salvedad de que ninguno de ellos sufrió una caída en el olvido y el ostracismo tan repentina y brutal como la que sufrió el propio Carpenter, que de los clamorosos éxitos de principios de la década pasó a los fracasos y la indiferencia ante dos de sus más grandes obras situadas en la segunda mitad de esa década, filmes por lo demás muy baratos y llenos de ingenio, que le daban la posibilidad de resultar rentable con muy poco. Pero el mundo del cine es veleidoso y displicente con los talentos más refinados.

‘Están vivos’ (‘They Live’, 1988), comparte con ‘The Terminator’ (Cameron, 1984), por ejemplo, y algunas otras, ese aspecto de filme de entretenimiento, de videoclub si se quiere, que no puede trascender para convertirse en arte narrativo de altos vuelos. Pero la realidad es muy otra: del mismo modo que sucede con la obra maestra de James Cameron (para quien esto firma, una de las más importantes obras maestras de la sci-fi que se han hecho en el contexto mundial), el filme número once de la carrera de Carpenter es una joya de orfebrería en la que nada sobra y nada falta, una pieza magistral y terriblemente infravalorada, que se erige en la tercera (y última) obra maestra de Carpenter tras ‘The Thing’ y ‘Prince of Darkness’ (1987), que confirma una vez más que su máximo responsable es uno de los pocos directores de la historia del cine que ha triunfado (y por triunfar no nos referimos a los dividendos en taquilla) tanto en Sci-Fi como en Fantasía, y cuya mirada es una de las más imprescindibles a la hora de comprender las entrañas de un país (Estados Unidos) sumido en una oscura época (la de Reagan), pues a pesar de sus muchos problemas financieros e industriales, Carpenter no renuncia a elaborar una sutil crítica a un status quo y a un establishment decididos a destruir cualquier atisbo de individualismo.

La historia de la película es la historia de Nada, un hombre errante que deambula por el apático, gris y pesimista Estados Unidos de los años ochenta pidiendo trabajo de cualquier cosa para subsistir. Pronto se verá envuelto en una trama conspiranoica en la que averiguará que no solamente no estamos solos en el universo, sino que hace mucho tiempo que no lo estamos en el planeta, y que las élites de todo el mundo son alienígenas que nos controlan con mensajes subliminales en un estado policial. Tan sencillo y a la vez subyugante punto de partida es la premisa de una aventura sin límites, que como no podía ser de otra manera se convierte en una parábola de este tiempo y de cualquier tiempo, estableciendo que la lucha no consiste en la gente de izquierdas con la de derechas, o en conflictos raciales, sino en la guerra de los de abajo contra los de arriba, la de los deposeídos, los desamparados, contra los privilegiados. Mensaje nada frívolo que sin embargo está narrado por Carpenter con una ironía y un cinismo muy superiores a los mostrados en ‘Golpe en la Pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, 1986′) –filme sin embargo en absoluto despreciable y también muy ninguneado por la crítica «seria»–, un frágil tono de comedia negra que sin embargo jamás da un gatillazo o una bajada de tensión.

Existen secuencias en esta película tan «menor» y tan «de serie B» que deberían ser estudiadas en las escuelas de cine como ejemplos del punto de vista y del ritmo y la planificación en cine. Me refiero por supuesto a la redada policial del campamento de refugiados, toda ella bajo la estricta mirada de Nada; o la famosa escena de las gafas, que en manos de otro director habría quedado torpe y sin gracia; o la escena de la pelea –una de las más largas de la historia del cine– entre Nada y Frank (Keith David, pocos actores tan carpenterianos como él), en la que cada plano y cada corte es de una maestría inusitada. Momentos que muchos críticos o analistas exquisitos parecieron pasar por alto o ser incapaces de valorar como lo que son: pura narrativa cinematográfica. Pero el filme fue considerado como muy menor, y el protagonismo de un desconocido Roddy Piper –a la sazón luchador de wrestling profesional– fue muy atacado, cuando en realidad, a pesar de su escasa experiencia, borda absolutamente un papel nada fácil, destilando inocencia y asombro a partes iguales, siendo creíble en todo momento y sosteniendo la película sobre sus hombros durante gran parte del metraje, en un papel que no podría haber ya interpretado Kurt Russell porque era ya demasiado famoso, y se precisaba de alguien anónimo capaz de hacer convincente a este Nada.

Con un ajustadísimo presupuesto de tres millones de dólares (algo paupérrimo incluso en aquella época), Carpenter logró su realización más redonda, más esférica, la que con menos consiguió más, una aventura intensa, adrenalítica y pesimista, en la que la risa se te congela a medida que avanza, filmada con un sentido de la atmósfera sencillamente portentoso y con una falta de pretensiones y una humildad dignas de un maestro de su oficio que ya nada tiene que demostrar a nadie, ni demostrarse a sí mismo, que filma con la alegría, la euforia, del que ya no tiene nada que perder y quizá se enfrente a su último proyecto (por suerte aún le quedarían algunas balas en la recámara al bueno de Carpenter), y que en su misma esencia es un grito de libertad, de lucha, de rebelión ante un sistema que nos dice que trabajemos, durmamos, nos reproduzcamos y desaparezcamos sin molestar. Sólo por eso, además de por sus innegables virtudes narrativas y la maliciosa mirada de un cineasta irrepetible, es un filme de obligado visionado para todos los amantes (no puristas) del cine con mayúsculas.

Puntuación final: 9,5

5 comentarios sobre “Están vivos (They Live) ★★★★★

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