El padrino, parte III (The Godfather, Part III) ★★★★★

Dirección: Francis Ford Coppola
Guion: Francis Ford Coppola, Mario Puzo (sobre la novela de Mario Puzo)
Intérpretes: Al Pacino, Diane Keaton, Talia Shire, Andy García, Eli Wallach, Joe Mantegna, George Hamilton, Bridget Fonda, Sofia Coppola, Raf Vallone, Donal Donnelly, Richard Bright, Al Martino, Helmut Berger, Don Novello, John Savage, Franco Citti, Mario Donatone, Vittorio Duse, Enzo Robutti, Robert Cicchini, Rogerio Miranda, Carlos Miranda, Vito Antuofermo, Jeannie Linero, Carmine Caridi, Don Costello, Al Ruscio, Mickey Knox, Rick Aviles, Michael Bowen, Brett Halsey, John Abineri, Brian Freilino, Gregory Corso, Marino Masé, Dado Ruspoli, Valeria Sabel, Remo Remotti, Giuseppe Pianviti, Simonetta Stefanelli, Paco Reconti, Mimmo Cuticchio, Nicky Blair, Diana Agostini, Jessica DiCicco, Catherine Scorsese

Algunos filmes, para su desgracia, son mucho menos inteligentes de lo que parecen, y no es cuestión ahora de poner ejemplos. Otros, para desgracia del espectador o del crítico menos perspicaz, son mucho más inteligentes, sabios, audaces y profundos de lo que aparentan o quieren ver en ellos. El solo hecho de continuar con la historia de Michael Corleone dieciséis años después, cuando la segunda parte se había convertido en una de las mejores películas de todos los tiempos, es una decisión suicida para cualquier director, que supone partir ya con una enorme desventaja de fondo, porque el nuevo título, presumiblemente el último, nunca podría competir con aquel, y porque la historia parecía ya cerrada de manera impecable. Cuando ‘El padrino, parte III’ se estrenó en todo el mundo, en 1990, a la gran expectación general le siguió una rotunda decepción, y las críticas, mayoritariamente, fueron atroces. No solamente se la consideró, de lejos, la peor película de la trilogía, en el mejor de los casos, es que en el peor de ellos se consideró que no había nada salvable en la película, y que la interpretación de Sofia Coppola era directamente ridícula. Y esa es la percepción que ha quedado para la mayoría: que las dos primeras películas estaban entre lo mejor de la historia del cine y que la tercera era un cierre indigno.

Coppola aceptó hacerla por imperativos económicos: con ella obtendría unas ganancias que le ayudarían a recuperarse de parte de las enormes deudas contraídas en filmes de los años ochenta que le habían dejado al borde de la ruina total. Pero en su concepción y ejecución, es imposible considerar a este filme una película de encargo, un filme alimenticio o un título comercial. Tras la gigantesca ‘El padrino, parte II’ (The Godfather, Part II’, 1974) lo más fácil para Coppola habría sido continuar en esa estela, volviendo a mostrar a un Michael pletórico y triunfante, enfrentado a poderosos enemigos y ta implacable como en la segunda parte. Pero en lugar de eso, y esto descolocó a muchos, la tercera parte muestra a un Michael decadente, reflexivo y enfermo, una sombra de lo que fue, como una imagen despiadada de sí mismo, pues Michael es en verdad un alter-ego del director y esta saga, más que la historia de la familia Corleone, de su desintegración, es la historia de Michael Corleone y su imposibilidad de redención. De ese modo, pese a la estupefacción general, Coppola era completamente fiel a sí mismo, y no a las leyes del mercado, y proseguía el relato con una coherencia aplastante, ajeno a las superficiales expectativas del receptor de su obra. Esto para empezar.

Pero es que, para continuar, y a pesar de que obtenemos otra historia apasionante de lucha de poder, con los Corleone esta vez enfrentados nada menos que a los que manejan los hilos en el Vaticano, esta tercera parte se convierte en un tercer acto en el que se escenifica la caída del personaje central, después del ascenso de la I, y de la culminación de la II, erigiéndose en un contrapunto perfecto en términos de tragedia clásica, pese a que para muchos la historia estaba ya contada al final de la segunda parte. Con esta, sin embargo, Coppola se lanzaba, sin red y con los ojos cerrados, a uno de los ejercicios de confesión cinematográfica más impresionantes que se recuerdan, a la altura por ejemplo del ‘Nostalghia’ de Tarkovski: una ficción construida desde las emociones más palpitantes, atormentadas y arrasadoras de un cineasta que había tocado el cielo y que en sucesivos años había experimentado el desvanecimiento de casi todo su poder en la industria y que había perdido en un accidente a su primogénito. ‘El padrino, parte III’ sería un ejercicio de catarsis personal con la que pondría su corazón en bandeja al espectador y crítico. Y espectadores y críticos no estuvieron, en su gran mayoría, a la altura de las circunstancias.

Es clave en la estrategia narrativa de esta película el recuerdo, situado aquí a modo de flash-back, del asesinato de Fredo. Esa imagen, que no aparecerá más, pivota a lo largo y ancho de todo el filme, pero no será el único de los recuerdos terribles de Michael. Veremos otro, también a modo de flash-back (en la que quizá sea la escena más hermosa de la película), de su boda siciliana en su exilio en la isla. El peso de la gravedad de sus actos y de sus pérdidas es demasiado para Michael, y aunque en ningún momento la película es plañidera o impostadamente nostálgica, sí se erige en uno de los más perfectos ejemplos de relato reflexivo, de filme de fantasmas pasados impidiendo la plenitud del presente. Es mérito de Coppola, Puzo y su equipo de colaboradores no quedarse en ello, sino desarrollar una compleja trama (tal vez la más compleja de las tres películas), de intereses mobiliarios en el seno de la iglesia católica, y es que tal como dice Michael, “cuanto más alto subo, más podrido está el ambiente”. El viejo sueño de Michael de convertir a los Corleone en una familia legítima, su verdadero objetivo durante toda la trilogía, nunca ha estado más cerca, y sin embargo se da cuenta de que ya jamás será posible.

Teniendo en cuenta la magnificencia de la segunda parte, con una de las estructuras narrativas y argumentales más ambiciosas y audaces de la historia del cine, y la grandeza áurea de la primera, en la que el mundo de los Corleone quedaba ya plenamente configurado, el esfuerzo de esta tercera consiste en darle a Michael el final que se merece. Quizá por eso desde un principio el título del filme querían que fuese ‘La muerte de Michael Corleone’. Empezamos de nuevo con una fiesta (la que celebra los honores papales de Michael por sus obras de caridad) y terminamos con una masacre, pero ante todo asistimos a la renuncia de Michael de continuar y a la cesión de su enorme poder a Vincent Mancini, el hijo bastardo de Sonny (recordemos sus escarceos con la dama de honor en la boda que abre la trilogía…), el cual inicia una relación secreta y prohibida con su hija Mary, a la que deberá renunciar para ser el don. El filme por entero es un relato de despedidas, de ausencias y de renuncias, una auténtica derrota filmada en la que Coppola se muestra quizá más humano, sincero y desgarrado que nunca en toda su carrera.

Llama la atención el trabajo de Al Pacino, que pierde su hermosa cabellera negra para aparecer rapado, con el pelo casi blanco y demacrado (en un rol veinte años más viejo), sobre todo porque perdida la inocencia y la juventud de la primera parte, ya no es tampoco la hierática figura de la segunda parte, casi todopoderosa. Nunca hemos visto a Michael tan frágil y tan desamparado, con el culminante momento de la confesión al cardenal Lamberto (una secuencia de una sencillez y una hondura que es toda una lección de cine), y con los recuerdos nombrados atenazándole, asfixiándole en la trastienda de las imágenes, haciéndole entender que no podrá huir de su pasado y que una vez más perderá lo que más ama y que el objetivo de su vida, salvar a la familia, será un fracaso rotundo. Michael es un héroe trágico porque es el destino y la sangre lo que le ha llevado hasta ese momento y situación, y aunque posee grandes virtudes como ser humano, aunque ama con pasión a su hija y a sus ancestros, aunque una vez más tanto él como su entorno se revelarán maestros estrategas, una atmósfera de perdición, un fatum, pesa sobre todos ellos, y el desastre, el pago por sus terribles crímenes, será algo mucho peor que la muerte.

Poco o nada se ha comentado del apabullante, yo diría que exquisito, trabajo de puesta en escena de Francis Ford Coppola. Allí donde otros ven desidia y torpeza (por razones que sólo ellos pueden entender), se halla una profunda búsqueda del cine como música filmada, y no existe exageración en estos términos. El filme por entero es un prodigio de montaje que, alejado del corte exuberante, de la edición fastuosa que llame la atención sobre sí misma, más cercano a la escuela de Scorsese, aquí se entrega a una cadencia de ritmos internos, de polifonías, de réplicas y contrarréplicas, de espacios y de profundidades, que una vez el espectador empieza a comprender en su sencilla complejidad le hipnotiza por completo y le hace partícipe de aquello que está viendo. Pues esto es algo más que cine: es una tragedia visual y sonora construida con manos de seda, con la mirada portentosa de un genio del cine, herido y arrollado por sus excesos y equivocaciones, malinterpretado y peor entendido por sus contemporáneos, pero genio al fin.

No se puede entender que sus detractores ni siquiera encuentren algo valioso en la portentosa secuencia final de la ópera siciliana en la representación de Cavalleria Rusticana, que supone el impresionante bloque final del filme y de la trilogía. En ella, como en el final de los otros dos padrinos, se funde un acto sacro, sea o no un acto ficcionado, con la venganza y la masacre, pero también, como en ‘Cotton Club’ o en ‘Corazonada’, se funde realidad y ficción en una sola imagen, en un solo corte. Finalmente, como en ‘Bram Stoker’s Dracula’ o en ‘Apocalypse Now’, el sacrificio final, la pérdida definitiva, ha caído con el peso inexorable de lo predestinado. El extraordinario esfuerzo narrativo que representa esta última parte no es, por sorprendente que parezca, un ejercicio de metaficción ni una secuencia egomaníaca ni el ejemplo máximo de exhibicionismo que se le supone. Es, ante todo, la culminación de toda la sabiduría literaria, escenográfica, musical, poética y cinematográfica de una trilogía que es la cima del cine estadounidense en toda su historia.

Los fallos, secuencias algo más hilvanadas en ciertos reacciones de los personajes, la falta de cohesión de algunos personajes, son detalles menores que en ningún caso pueden empañar una obra colosal, que en ningún caso puede ser considerada la hermana menor de las dos primeras, sino una pieza maestra más con la que Coppola y sus colaboradores han cerrado uno de los capítulos más hermosos y terribles de la historia del cine, y han dejado el listón inaccesible para las generaciones venideras con una elegancia y una categoría artística a la que pocos cineastas en el mundo pueden aspirar.

Coda: La muerte de Michael Corleone

En diciembre de 2020, Coppola estrenaba una nueva versión (después de hacerlo también con ‘Apocalypse Now’ en su ya mítico Redux o en el Final Cut de 2019, y como ya hiciera con ‘The Cotton Club’ en su Encore), reorganizando algunas escenas, puliendo los pequeños errores presentes en la película de 1990, y titulándola como originalmente él hubiera querido: ‘La muerte de Michael Corleone’. El resultado, a pesar del escaso impacto mediático recibido, es excelso.

En esta nueva versión todo funciona con un nuevo vigor, y para ello basta con comenzar el relato con una escena completamente diferente, y con precisar aún más en los cortes y en la estructura secuencial. Como resultado, la relación de Michael y Kay es ahora mucho más orgánica y creíble, así como la de Vincent y Mary. El propio Vincent posee un rol más destacado y mucho más fascinante como el futuro Don. Es la alquimia que un artista y sus montadores son capaces de desplegar cuando tienen el tiempo y la libertad requeridas. Y quizá sea, si nada lo remedia, el broche final a una carrera extraordinaria e incomprendida, la del mayor cineasta norteamericano de su historia, que ya a sus ochenta y pico años parece muy difícil que pueda levantar ese último gran proyecto querido. Aunque nunca se sabe.

Puntuación final ‘The Godfather, Part III’: 9,5
Puntuación final ‘The Godfather, Coda: The Death of Michael Corleone’: 10

2 comentarios sobre “El padrino, parte III (The Godfather, Part III) ★★★★★

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