El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs) ★★★★★

Dirección: Jonathan Demme
Guion: Ted Tally (sobre la novela de Thomas Harris)
Intérpretes: Jodie Foster, Anthony Hopkins, Scott Glenn, Ted Levine, Anthony Heald, Diane Baker, Brooke Smith, Tracey Walter, Kasi Lemmons, Chris Isaak, Charles Napier, Roger Corman, Frankie Faison, Paul Lazar, Daniel Von Bargen, Cynthia Ettinger

Resulta interesante constatar hasta qué punto los filmes más influyentes de su tiempo (que desde luego no tienen por qué resultar los más valiosos, en algunos casos) muchas veces quedan relegados en el imaginario popular por la escasa memoria del espectador medio, y cuando son rescatados suele pasarse por encima de ellos con bastante ligereza. Ocurre lo mismo en la literatura, y la crítica literaria (la seria, la poca que hay…) se pasa el tiempo recolocando la cosas después de que la crítica poco seria y el espectador perezoso las descoloque una y otra vez. Es igual de necesaria una crítica cinematográfica seria, que no se deje llevar por modas o por gustos personales, y que establezca las cosas como son, que las recoloque en su justo lugar, el que se merece, y no otro, haciendo la crítica que el título en cuestión se merezca, y no otra. Pocos filmes más influyentes, en el seno del cine de EEUU, en los últimos treinta años, que ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, Demme, 1991), un filme que se recuerda con cierta ligereza, pero que a su condición de influyente se une la de su magisterio en casi todo lo que se propuso.

‘El silencio de los corderos’ sigue siendo la mejor película de suspense y el mejor thriller hecho en EEUU, y grandes directores del género, como Alfred Hitchcock, Charles Laughton, Fritz Lang, Dario Argento, George A. Romero y otros, no tienen nada que hacer frente a ella, y sólo algunos como David Lynch en ‘Blue Velvet’ (1986), o David Fincher en ‘Zodiac’ (2007), ‘The Girl with the Dragon Tattoo’ (2011), o ‘Gone Girl’ (2014), se acercan a esta densidad conceptual, a esta perfección formal y a esta oscuridad psicológica. Con ella se abría, definitivamente, un nuevo capítulo en la historia del cine y casi un subgénero dentro del cine criminal: el relato sobre el estudio y la caza del asesino en serie, a pesar de que otros filmes ya exploraban este fenómeno. Pero esta va a ser la piedra angular en la que van a mirarse todos los thrillers a partir de ese momento, a pesar de algunos defectos que casi desde el principio se le achacaban al filme de Demme y que a continuación se comentarán.

Adaptación de la excelente novela de Thomas Harris ‘El silencio de los inocentes’, publicada en 1988 (recordemos que el pocas veces interesante Michael Mann ya había adaptado cinco años antes, la anterior novela de la serie, ‘El dragón rojo’, en ‘Hunter’, con escasa fortuna), que seguía, al menos en su inicio, la premisa de la anterior novela (agente del FBI que pide ayuda a un psicópata para cazar a otro), esta producción se convierte, por su personaje protagonista. por las víctimas del asesino al que persigue y por la puesta en escena de Demme, en todo un alegato feminista, en la apasionante y por momentos desgarradora historia de una mujer extraordinaria, Clarice Starling, a la que da vida una Jodie Foster en el mejor momento de su carrera, una mujer en un mundo de hombres que deberá demostrar su fortaleza y al mismo tiempo desvelar sus propios miedos y tirar del hilo de las peores experiencias de su infancia para conseguir aquello que persigue. Es, en suma, el viejo relato de la búsqueda de la sabiduría, y de la necesidad del héroe de bajar a los infiernos para obtenerla y cumplir su misión.

La primera y más importante razón por la que los thrillers de los directores nombrados (y de algunos otros) no pueden llegar a este nivel, es la enorme humanidad, la compasiva mirada en la dirección de Demme, un director que no hizo ningún otro thriller, y que no estaba dispuesto a convertir a este en un espectáculo sangriento. En manos de casi cualquier otro director, esta película habría resultado en un relato gótico y hasta petulante, pero en las de Demme obtenemos una rugosidad, una cercanía que resulta extraordinariamente convincente. No hay nada exagerado ni vacuo en sus imágenes, sino la narrativa de un cineasta entregado a aquello que nos cuenta, a esta tragedia de hombres que son monstruos cazando a mujeres por el mero hecho de serlo, cosificándolas y destruyéndolas. No cabe aquí un esteticismo como el de ‘La noche del cazador’ (‘Night of the Hunter’), por lo demás una buena película, ni tampoco caben las fantasías voyeuristas de un Hitchcock. Una de las mayores virtudes del filme es precisamente aquel por el que algunos no lo tienen en consideración: su exacerbado realismo, su carencia de una una atmósfera vistosa a lo Ridley Scott (que se encargó de dirigir su secuela, con resultados muy inferiores), su apego a la verdad cotidiana.

Y la segunda razón, entre algunas más, es la creación superlativa de uno de los personajes más importantes que ha dado el cine: el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins, quien moralmente se apropia de la película y establece un inolvidable tú a tú con Foster a pesar de aparecer en pantalla mucho menos tiempo que ella. Se trata de un genio intelectual atrapado en la mente de un sociópata puro. Hopkins consigue aquí una de las más brillantes composiciones de la historia del cine, a la que nunca podría haber accedido la teatral dirección de actores de Hitchcock o la escasamente psicologista de Dario Argento. Y de nuevo gracias a Demme y a su equipo de colaboradores, este Lecter, a pesar de estar cerca de un gran guiñol, está dibujado con elegancia y sutilidad, muy alejado del psicópata gótico de la segunda parte, y de cualquier convención previa. Es un personaje plenamente imaginativo, que trasciende al Lecter literario y que en el diálogo final cara a cara con Starling, y en la conversación telefónica que cierra la película, adquiere connotaciones de puro instinto, en el que no cabe una predisposición de puesta en escena.

Con estas dos poderosas, arrasadoras virtudes, ‘El silencio de los corderos’ es una pieza de suspense perfecta, que no podría haberse filmado veinte años antes, pero que muchos habrían deseado hacer. Secuencias como la de la memorable fuga de Lecter, o la de Starling enfrentándose a Buffalo Bill en la oscuridad brillan a tal altura que han sido copiadas decenas de veces y nunca igualadas, a pesar de estar filmadas por Demme con absoluta humildad, ajeno a todo divismo, desapareciendo detrás de las imágenes y logrando una obra maestra rotunda, de un montaje y una fotografía perfectos, herramientas imprescindibles para causar una honda huella en el espectador, que asiste a este espectáculo de horror sobrecogido y desarmado, y termina de ver el filme convencido de que en el mundo habitan monstruos más allá de toda razón. Y aunque hoy, muchos quieren encontrar en el thriller una exhibición sanguinaria, algunos regresamos agradecidos a sus imágenes, en las que lo sublime y lo terrible se convierte en una sola cosa

Este filme es el único thriller que se ha llevado el Óscar a mejor película, y una de las tres únicas películas en ganar los cinco óscares principales (película, dirección, guion, actor y actriz protagonista). Siendo un premio tan poco sagaz en demasiadas ocasiones, demostró gran valentía pero también una gran clarividencia a la hora de premiarla.

Puntuación final: 9,5

8 comentarios sobre “El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs) ★★★★★

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