Meridiano de sangre (Blood Meridian, or The Evening Redness in the West) ★★★★★

Autor: Cormac McCarthy – Año de publicación: 1985

Sucede con algunas creaciones que destacan por encima de otras de su clase en cuanto se les echa un vistazo superficial y a poco que comenzamos a rascar en esa superficie. Son las hermanas mayores de otras creaciones, de otras compañeras de viaje, incrustadas en un momento y en una sociedad determinada, luchando agónicamente por alcanzar una inmortalidad que parece casi inalcanzable para muchas otras, que es incierta incluso para esas hermanas mayores. Destacan por su finura, su gracia, su coraje, su robustez narrativa, y cualquier ojo experto, y no tan experto, puede detectarlas rápidamente y no dudar a la hora de calificarlas de obras notables, a las que sólo el juez implacable del tiempo otorgará el marchamo de grandes obras de su tiempo. Sin embargo existen otras, que desde sus primeras líneas hasta el final de su peripecia, vuelan por una estratosfera estética que deja pasmado hasta al lector más veterano, que no necesitan de ningún ojo experto, que desde su nacimiento están fuera del tiempo y por tanto no pueden adscribirse a su jurisdicción. La quinta novela de Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 1933) pertenece a este segundo grupo, ya que desde hace treinta y cinco años, cuando se publicó, se convirtió automáticamente en una de las ficciones esenciales de Estados Unidos en el siglo XX.

Es ‘Meridiano de sangre’ (‘Blood Meridian, or The Evening Redness in the West’, 1985) un western canónico y al mismo tiempo no lo es. Narra la pesadillesca, por momentos exaltada, en algunos paisajes asombrosamente lírica, incandescente historia de un chaval del que nunca conoceremos su nombre (al que el narrador llama en inglés The Kid, y en la traducción El Chico, o El Chaval), que tras vagabundear durante algunos años termina enrolándose en las funestas filas de la banda Glanton, una banda de mercenarios y forajidos, participando con sus miembros en las masacres primero de nativos americanos, por mandato del gobierno de Chihuahua, y luego de los propios mexicanos a los que en teoría han de proteger, absortos todos ellos en una sed de sangre, en una peripecia enajenada, una aventura demente para la que McCarthy no escatima ningún detalle, por escabroso o espeluznante que resulte, habiéndose documentado magníficamente, pues la banda Glanton (todos y cada uno de sus miembros, salvo quizá el propio Chaval) existió y llevó a cabo algunas de las atrocidades aquí narradas.

Tal es su salvajismo, que no son pocos los que a las cien o ciento cincuenta páginas abandonan la novela, apabullados y asqueados por lo que allí se muestra, por la irrespirable pesadilla con la que McCarthy, en su total plenitud, nos asfixia. Y no es para menos: pocas experiencias literarias tan extremas e inolvidables como este ‘Meridiano de sangre’, en la que a partir de determinado momento (aquel en el que la banda, de la que El Chaval es involuntario espectador y mudo punto de vista, se entrega a una desenfrenada orgía de asesinatos), comienza a resultar tremendamente difícil pasar a la siguiente página, abrumados y estupefactos como estamos ante la capacidad de destrucción del ser humano. Pero para los valientes que se acostumbren a un relato en el límite de lo soportable, les queda otro enigma pendiente: ¿Cómo consigue McCarthy trascender tanto horror y elevar este material, formal y conceptualmente, a la categoría de arte? ¿De qué manera es posible que una infernal pesadilla como esta alcance cotas literarias tan sublimes?

McCarthy hunde sus raíces literarias y sus referentes estéticos primero en Faulkner, cuyo ‘Luz de agosto’ (‘Light in August’, 1932) aparece en el horizonte como el ascendente más claro sobre esta obra, y tirando más atrás, en el ‘Moby Dick’ (1851) de Melville. Con ambas obras maestras como inspiraciones categóricas, McCarthy construye su propia voz, siendo capaz de obrar el milagro de despegarse de Faulkner, y de construir una pesadilla moderna capaz de rivalizar con el relato de Melville en profundidad metafísica y capacidad de evocación. Porque ya desde la primera página, empleando no solo un lenguaje arcaizante, sino un estilo arcaizante de narrar, pues no se trata de una novela tanto como de una epopeya siniestra con el sustrato de lo real como base absoluta de lo narrado, y al que va añadiendo sutiles capas de tonos cada vez más demoníacos, sobre todo en la imperial figura del Juez Holden, uno de los personajes más terroríficos que se recuerdan en literatura.

Pero McCarthy no se deja llevar por la truculencia del relato ni para crear una novela morbosa ni para despegarse de la realidad, sino que la nobleza y la belleza de su escritura crean una novela sumamente original y poderosa con la que el privilegiado lector puede acceder a algunos de los horrores más tenebrosos del mundo experimentar una catarsis con la que además es testigo del verdadero nacimiento de una nación en su identidad más primigenia, más bestial. Tras las cada vez más descarnadas (y carentes de todo heroísmo) visiones del Western Estadounidense con los filmes de Sergio Leone y sobre todo con ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’), ‘Meridiano de sangre’ es un paso más en la desmitificación y la búsqueda de honestidad de un pasado sanguinario que luego encontraría nuevas cotas de sinceridad en el magistral ‘Unforgiven’ (1992) de Clint Eastwood, y en el extraordinario ‘Deadwood’ (2003-2006), de David Milch, siendo esta última una serie que debe mucho a la ficción de McCarthy. Pero así mismo es imposible no considerar a este viaje a los infiernos un hijo bastardo de la inigualable ‘Apocalypse Now’ (F.F. Coppola, 1979), filme con cuyo sustrato literario y filosófico guarda no pocos paralelismos, siendo el Juez Holden un primo no demasiado lejano del Kurtz de Brando, otro Señor de la Guerra, un ser casi mitológico que guarda en su interior los secretos más tétricos y desesperanzados de la naturaleza humana.

Y de mitología hablamos, pues el chico, el chaval, the kid, que luego será el hombre, a cuya madre no conoció pues murió en el parto, que nació con las Leónidas, parece casi un ser elegido, casi el único capaz de hacerle frente a ese dios oscuro que es el juez. La inocencia del chico, que ya alimenta una inclinación a la violencia ciega, se convierte en inopinado enemigo de ese gigante violador de niños, de ese alquimista de la tierra y el fuego que jura que nunca morirá. Y poco importa que al final le venza o no, pues quizá surja otro ser que por fin pueda vencerle. Estados Unidos y la frontera con México se convierte así, en manos del autor, en un territorio no de leyenda, sino místico, en el que se dirime no ya el destino de un país, sino cuestiones metafísicas universales y el origen de toda violencia, la necesidad del hombre de poseer y destruir. El meridiano que traza este grupo de sanguinarios hombres, comandados por Glanton y el juez, es la herida nunca cerrada de la locura del hombre, la delgada línea roja que separa la precaria civilización del caos más bárbaro y luctuoso.

La novela no hace amigos ni envía heraldos. El que se quiera zambullir en ella ha de hacerlo a su cuenta y riesgo, y al salir no volverá a ser el mismo. Existen muchos horrores en este mundo y McCarthy se ha atrevido a contar uno y ha logrado su obra maestra, en comparación con la cual el resto de su obra, pese a ser valiosa, palidece. Otros horrores de otras geografías piden a gritos ser narrados por escritores de gran talento, para que jamás nadie pueda olvidarlos, para poder confrontarlos cara a cara y no volver a repetirlos. Para conocer el alcance de destrucción del hombre, pero también la posibilidad de enfrentarse a ese horror con nobleza y altura. Por lo pronto tenemos ‘Meridiano de sangre’, un regalo literario sólo apto para los paladares más exigentes y para los corazones más audaces.

Puntuación final: 10

7 comentarios sobre “Meridiano de sangre (Blood Meridian, or The Evening Redness in the West) ★★★★★

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