Moby Dick ★★★★★

Autor: Herman Melville – Año de publicación: 1851

Nos hallamos ante uno de los trabajos literarios más famosos de la historia de la literatura, en todo el mundo. Pocas novelas poseen un grado de celebridad, un aura de mito absoluto, comparables a esta. Sin embargo ese mito, esa celebridad, no corren exactamente parejos al conocimiento de la obra por parte de grandes sectores del público, y ni mucho menos a la unanimidad en torno a su grandeza, que ha sido discutida desde el momento de su nacimiento hasta el día de hoy, ciento sesenta y nueve años después. Respecto a lo primero habría que encontrar la razón en la densidad y en la extensión de la obra, y respecto a lo segundo en que a pesar de las apariencias, no se trata, en ningún modo, de una novela convencional o planteada desde una estrategia narrativa ortodoxa, sino que tanto en su fondo como en su forma, inextricablemente unidos, nos hallamos ante un trabajo muy poco común, ante una experiencia literaria extrema, que va a exigir de cualquier lector que se asome a sus páginas, sea primerizo o veterano, que entre o que se quede fuera, que acepte sus extrañas y fascinantes reglas, o que dedique sus esfuerzos a otro libro menos desafiante, menos denso y (en cierta forma) menos libre que este.

Herman Melville, a su vez, pertenece a la estirpe de los primeros grandes escritores norteamericanos, en ese Estados Unidos previo a la Guerra Civl que algunos bautizaron (bastante alocadamente) como el Renacimiento Americano, al que pertenecen otras eminentes figuras como Emily Dickinson, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Walt Whitman y Edgar Allan Poe, y convencido de su propio genio, quiso escribir, de una vez por todas, la que sería la obra definitiva sobre el mar en general, y sobre la caza de la ballena en particular, una aparente novela de aventuras en cuyo núcleo conviven bastante más elementos que la épica. Gran fracaso de ventas en el momento de su primera edición (que el propio Melville costeó de su propio bolsillo a pesar de su no muy boyante situación económica) que no se llegó a vender entera antes de la muerte del autor, tuvo que esperar hasta el siglo XX para que poco a poco, los cientos de lectores, se convirtieran en miles, y estos en millones, y la crítica de todo el mundo por fin aceptase que esta monumental obra era quizá la pieza catedralicia de la literatura de EEUU, cuya influencia ha sido capital a los dos lados del atlántico. Y ahora, en el siglo XXI, volviendo a leerla, resulta hasta lógica aquella acogida, así como la ya aludida imposibilidad de esta novela de fascinar a un público masivo. Y así lo quería en realidad el propio Melville.

La han definido como novela psicológica, novela filosófica, teológica e incluso novela metafísica. ‘Moby Dick’ es todas esas cosas y alguna más. Se sabe que una de las lecturas que enriquecieron la mente de Melville durante los muchos meses de su gestación, fue el ‘Quijote’ de Cervantes, una novela de la que es muy deudora en muchos aspectos, y a la que está unida en muchos elementos conceptuales. De hecho, y salvando las enormes distancias, podría decirse que, en muchos sentidos, ‘Moby Dick’ es el ‘Quijote’ americano, pues al igual que la novela de Cervantes, la de Melville parte como hipotética novela de aventuras para convertirse en una vasta creación intelectual de su tiempo, de insoslayables ecos trágicos. Y al igual que el ‘Quijote’ y que setenta y un años después en el caso de James Joyce con otra novela monumental en su ‘Ulysses’, ‘Moby Dick’ es una novela en la que caben no solamente varias novelas, en ocasiones muy diferentes entre sí, sino que llega a tal grado de libertad y de imaginación que incluso alberga en su interior incluso algunos capítulos escritos a la manera de una pieza teatral (mientras que Joyce, en su obra magna, llegaba a redactar varias más de un centenar de páginas con este género de escritura), todo con el firme objetivo de que el lector tenga la sensación, al leerla, de estar realmente en el mar. Y lo logra: se impregna uno del olor a agua salada, a pescado, al ambiente marinero, y esto desde antes de comenzar la novela propiamente dicha.

Pues ‘Moby Dick’ se abre con nada menos que con 82 citas sobre las ballenas y sobre la caza de la ballena, provenientes de escritores, de periodistas, de informes o extractos sobre el tema, lo que podría ser quizá el mayor número de citas jamás visto en una novela, y que ya empieza a dar pistas de la minuciosidad y búsqueda de grandeza conceptual de Melville, así como del extraño carácter de este volumen. Porque ‘Moby Dick’ es, además de otras cosas, un enorme tratado sobre la práctica de la caza de la ballena y sobre la vida en el mar, con numerosos capítulos íntegramente dedicados a ello (como los que giran el torno al krill, o a la estacha, o a la horquilla, o a la ballena como plato, o a la representación de la ballena en el arte figurativo, y a muchas cosas más), que rompen a menudo el ritmo del relato, y que ha sido esgrimido como arma arrojadiza para cuestionar la grandeza y pertinencia de esta obra maestra de todos los tiempos, aduciendo su falta de unidad, la disparidad en la extensión de los capítulos, y otros elementos que certifican el capricho estético de Melville. Pero es probable que no se hayan dado cuenta de que eso es, en realidad, ‘Moby Dick’: un capricho estético, pero que es ahí donde radica su fuerza y no su debilidad.

‘Moby Dick’ es un desvarío narrativo, un ejemplo exacerbado de pasión creativa, y así debe ser escrito este periplo a la locura por parte del capitán Ahab (o Ajab). La novela no podía haber sido escrita de una forma convencional, en la forma de un Hawthorne o un James. La novela necesitaba de este desequilibrio interno para llegar a ciertos lugares, a ciertas conquistas. Muchas veces las obras maestras, las grandiosas, participan de esta contradicción. No es el relato lo que verdaderamente importa, pese a que sea muy importante, tampoco el sentido de aventura, aunque en este caso es superlativo, sino la yuxtaposición de elementos narrativos, de géneros literarios, de categorías de representación expresiva, todo ello para coadyuvar en la creación de un todo con sus propias reglas, en definitiva de un universo literario propio, y esa es la mayor razón de la fascinación de esta novela.

Una novela que empieza como la narración del tal Ishmael, que parece que va a ser el punto de vista del relato, y que efectivamente lo es durante sus primeros compases, describiendo su llegada a Nantutcket, y su encuentro y profunda amistad, casi instantánea, con el arponero Queequeg, con quien se enrolará en el ballenero Pequod. Pero una vez embarcados y en camino, la novela cambiará por completo, y dejará de ser estrictamente la narración en primera persona de Ishmael, y que dejará de lado incluso su amistad con Queequeg, para contar la larga historia con episodios aparentemente deshilvanados entre sí, como una alucinación emerge de la memoria, pues ya no es necesario que Melville insista en que su narrador es Ishmael, ni en hacerlo tácito de manera convencional, para que nosotros, lectores, lo percibamos así, porque Ishmael sólo va a ser el protagonista aparente de la narración. Los protagonistas reales son Ajab y la ballena blanca. Y es en Ajab, como antihéroe definitivo, como gran creación psicológica y de carácter, y en Moby Dick, como figura totémica, donde Melville revela finalmente su genio, valiéndose de una escritura cultísima, repleta de referencias bíblicas o culturales, que en nada se parece a una prosa rutinaria o convencional, y que acerca al lector a una mente quizá única por su exaltación artística.

Ajab es sólo la sombra de un hombre, acaso un simulacro de humanidad, casi un loco, que conduce a toda su tripulación al desastre al exhortarles a dar caza a una ballena que no puede ser cazada, y cuya capacidad de destrucción la asemeja a un dios pagano. Es Ajab uno de los grandes personajes de la historia de la literatura estadounidense porque a pesar de su intensidad extrema, o quizá precisamente por ella, es el más humano de los personajes, el más imperfecto y trágico, el que en su necesidad de venganza en verdad provoca que la destrucción venga a él y a todos los que le rodean. Carácter claramente mefistofélico, encuentra su ancestro en Don Quijote, pero también en el Satán de Milton (como acertadamente apuntó Harold Bloom), y es un total acierto por parte de Melville su decisión de observarle desde fuera, desde la aparente óptica de Ishmael, pues el extrañamiento, el misticismo de su figura, se agranda con las escasas veces que aparece. Dada su enormidad como personaje, basta con algunos trazos, algunas apariciones, fugaces palabras, para que su omnipresencia sea absoluta en el barco, la sensación de su poder marino casi sobrenatural nunca abandona al lector.

Poder casi sobrenatural que se ve impugnado por el de la ballena. Monstruo terrenal contra monstruo marino, pero ambos monstruos al fin. Podría entenderse esta historia como el enfrentamiento del ser humano contra Dios, pero también como la negación de la superioridad humana en la naturaleza. En realidad Melville la concibió como una caja de resonancia narrativa en la que casi cualquier simbolismo o metáfora tuviera cabida. Pero una cosa es segura: no existe novela más obsesiva, que proporcione al lector una mayor sensación de viaje, de itinerario maldito al fin de la razón. En ‘El Quijote’ al menos Alonso Quijano regresa a la cordura al final de la historia (y por ello muere), aquí no: la locura de Ajab es aún mayor en las páginas finales de lo que es a lo largo de la travesía y arrastra al universo entero con ella. Quizá podría deducirse de ello que la España del siglo XVII era, pese a todo, más luminosa que el Estados Unidos de mediados del XIX.

Dentro de 200 años, si aún seguimos aquí, seguirá leyéndose ‘Moby Dick’, y en el improbable caso de que no se lea, a los hipotéticos y desgraciados lectores de esa época futura se les habrá escatimado una de las más poderosas y fascinantes creaciones de la literatura anglosajona de todos los tiempos.

Puntuación final: 10

6 comentarios sobre “Moby Dick ★★★★★

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