House ★★★★

Años de emisión: 2004-2012
Creador: David Shore
Intérpretes: Hugh Laurie, Lisa Edelstein, Omar Epps, Robert Sean Leonard, Jennifer Morrison, Jesse Spencer, Olivia Wilde, Bobbin Bergstrom, Peter Jacobson, Anne Dudek, David Morse, Kal Penn, Sela Ward, Edi Gathegi, Chi McBride, Amber Tamblyn, Stephanie Venditto, Andy Comeau, Cynthia Watros, Kayla Colbert, Meta Golding, Jennifer Crystal Foley, Michael Weston, Alexis Thorpe, Wentworth Miller

En el panorama (tanto actual como de los últimos veinte años) de la ficción televisiva, no solamente en EEUU, sino también en Europa, y en casi todo el mundo, se suceden año tras año multitud de producciones, muchas de las cuales pugnan por alcanzar un éxito planetario, y algunas de ellas un reconocimiento universal. Y muy pocas realmente lo consiguen en esta loca carrera por crear la serie más original y rompedora. En opinión de quien esto escribe, las dos series más importantes de la historia son ‘The Sopranos’ y ‘The Wire’, de la arcadia HBO, pero existen algunas otras que se les acercan o que son series tan únicas y ya míticas que podrían situarse en ese imaginario pedestal. Cada uno tiene por supuesto las suyas, pero en muy pocas listas personales, en muy pocos pedestales, encontraríamos una ficción de las llamadas procedimentales (es decir, que en cada episodio te cuenta una historia independiente y autoconclusiva, por ser una serie sobre policías, o sobre detectives, o sobre médicos) como aquella a la que están dedicadas estas líneas.

Y es una lástima, porque ‘House M.D.’ (2004-2012) no sólo trasciende con mucho su condición de serie procedimental, sino que se erige en una de las más importantes series norteamericanas de las últimas dos décadas por muchas razones, algunas de las cuales me dispongo a explicar aquí, sin perder jamás de vista que, por razones obvias, no puedo situarla al lado de las dos serie mencionadas ni de otras como ‘Deadwood’ o ‘Band of Brothers’, pero sí de algunas como ‘Breaking Bad’ (2008-2013) o ‘Sons of Anarchy’ (2008-2014), con la dificultad añadida de que esas ficciones no adolecían de las limitaciones de la serie de David Shore, que ya queda muy lejos de tantos procedimentales previos y de títulos posteriores que trataron de capturar lo conseguido por esta, sin conseguirlo ninguna de ellas ni por asomo, pese a sus intentos por centrarlas en personajes extremos, supuestamente fascinantes o terribles. Porque todas ellas, y algunos dramas más libres y menos constreñidos que este, no poseen dos elementos capitales: la escritura y la mirada de David Shore, ni la presencia arrolladora de Hugh Laurie en el papel de su vida.

Podríamos resumir el argumento habitual de cada capítulo de la siguiente manera: un grupo de facultativos (llamado Departamento de Diagnóstico) formado por tres brillantes médicos y su jefe, ha de enfrentarse cada semana a un caso aparentemente irresoluble en la figura de uno o más pacientes para los que nadie encuentra el motivo de su dolencia. El objetivo de cada pequeña historia, por supuesto, es encontrar el diagnóstico adecuado que salve a ese paciente o a esos pacientes, para lo que resulta imprescindible la privilegiada (y escarpada) mente del supervisor de todos ellos, el doctor Gregory House, que da nombre a la serie y que es el corazón y el alma de este largo relato que se extendió por ocho temporadas de veintitantos episodios cada una hasta un total de ciento setenta y siete episodios, que sin embargo por algún milagro o alquimia no se hacen largos o repetitivos, y donde no existe esa bajada de intensidad o tensión emocional que tantas otras series largas han sufrido y seguirán sufriendo, lo que en sí mismo ya es un indicativo del enorme esfuerzo narrativo (por número de episodios, por la multiplicidad de personajes y situaciones) y del mérito global (por ser una serie que continuamente buscaba nuevos retos, de este gran show.

Resulta también tentador considerar que todo gira en torno al personaje de Hugh Laurie, pero no es así, porque este portentoso actor está siempre rodeado de media docena (y a partir de la temporada 4 de una docena) de personajes muy escritos, todos ellos interpretados por actores de primera línea, y todos ellos representaciones de actitudes ante la vida, que las más de las veces chocan con House o bien, por un corto periodo de tiempo, están de acuerdo con él en su manera de proceder. Los más importantes de estos personajes son la jefa directa de House, y directora del hospital, la doctora Lisa Cuddy (maravillosamente interpretada por Lisa Eddelstein), y el jefe de oncología James Wilson (al que da vida un estupendo Robert Sean Leonard, que en sus breves apariciones ejerce de perfecto contrapunto, con su serenidad, a la volcánica interpretación de Laurie), que serán los que más conocen, o creen conocer, al protagonista; pero también están sus «discípulos», el orgulloso y también brillante y de pocos escrúpulos Eric Foreman (Omar Epps), la bella y compasiva Allison Cameron (Jennifer Morrison), y el inteligente pero también emocional, equidistante y falto de figura paterna, el doctor Robert Chase (Jesse Spencer). Todos ellos serán el coro que aúpe aún más a las alturas a House.

¿Pero quién es House? No sería justo decir tan solo que se trata de un médico cascarrabias que pasa olímpicamente de las normas de ese y de cualquier hospital. Tampoco bastaría decir que se lo debe todo a su carisma. En realidad House es, como el Al Swearengen de ‘Deadwood’, un genio intelectual, un médico extraordinario al que el sufrimiento de los pacientes y su situación personal le dan bastante igual, generalmente, con tal de que le ayuden a solucionar el puzzle que significa su enigmática dolencia. House es casi un detective en su trabajo, pero en lugar de buscar sospechosos de asesinato busca enfermedades sospechosas de estar matando a su paciente (y ahí encuentra todo el sentido la referencia nada sutil a Sherlock Holmes, con su ayudante James Wilson, que comparte iniciales con John Watson), y se vale de sus tres doctores para hacer lo que haga falta, casi cualquier cosa, incluso saltarse la ley, para encontrar la respuesta al enigma. Pero además, House es un adicto (a la vicodina, por la infección muscular que sufrió en su pierna, la que le obliga a llevar un bastón para caminar), que se revela al final como un adicto a los puzzles, a la adrenalina de descubrir la respuesta, y finalmente un adicto a sí mismo, a su soledad, a su amargura sin límites. Como todo gran genio, House está completamente solo.

El hospital es, en realidad, una metáfora del mundo. House no solamente ignora a menudo las normas más básicas del hospital, sino cualquier norma social establecida. Con su eterna divisa por bandera («todo el mundo miente»), no tiene reparo en decirle la verdad a todo el mundo, aunque duela o resulte tremendamente inquietante, pero no porque sienta placer por ello sino porque es útil para su trabajo, y con ello puede saciar su adicción durante un breve periodo de tiempo. House, en cierto sentido, cree que puede lidiar con Dios. De hecho llega a creerse más fiable que él, más valioso. De este modo, David Shore y su excelente equipo de guionistas establecen una serie de ramificaciones muy notables en torno a la ética en la práctica de la medicina y en cuanto a los límites que deben imponerse a cualquier persona, por muy asombrosas que sean sus capacidades mentales. ‘House’ es ante todo una serie moral, en la que el fin no siempre justifica los medios, y en la que una y otra vez se pone en cuestión el valor de la vida humana en contraposición a los sufrimientos que puede acarrear seguir vivo. Pero también es una serie filosófica y tremendamente nihilista/existencialista. Ni siquiera House, con todos sus poderes, encuentra muchas veces razones objetivas para vivir, y la serie termina exudando, en sus mejores episodios, una angustia ante el vacío de la vida como pocas veces hemos visto en una pantalla.

La serie es todo eso y mucho más, y tiene la gran suerte de que a medida que avanza está mucho mejor hecha (en su montaje, en su fotografía, en sus guiones, en sus caracteres), y de que las búsquedas formales de los primeros episodios pronto se convierten en conquistas en los magníficos (la mayoría) episodios de la segunda y tercera temporadas, que cuajaron de manera espléndida el estilo entre luminoso y eufórico y entre desesperanzado y cínico de esta ficción. Cada episodio, de los muchos de la serie, es una pieza de cámara perfecta en la que nada sobra y nada falta, que jamás cae en el sensacionalismo o en el melodrama de baja calidad, sino que siempre, sin excepción, se entrega a una compasiva humanidad acerca del dolor y de la pérdida, sin tener, eso sí, ningún tipo de compasión precisamente por House, del mismo que él rara vez tiene compasión por los demás y mucho menos por sí mismo. Asistiremos así a algunos de los mejores diálogos a los que hemos asistido en mucho tiempo (y que harían las delicias de un Billy Wilder o un Mankiewicz), y a algunos momentos de un ingenio narrativo innegable, como ese episodio doble en el que House despierta en un local de striptease, o aquel en el que empieza a tener alucinaciones, o el doble episodio del sanatorio mental, y tantos y tantos otros…

‘House M.D.’ es historia de la televisión, y va a ser muy difícil, o casi imposible, que una serie, dentro de su estilo, la iguale o la supere, porque en sí misma significa el extremo en una concepción de cierto drama televisivo. Más allá de esto se caería en la parodia o en la distrofia narrativa. Del mismo modo, va a ser muy complicado encontrarle un igual, en pegada fotogénica, en genio compositivo, en grandeza interpretativa, a Hugh Laurie. Pero ahí quedan las ocho temporadas de esta magnífica serie para verlas una y otra vez y enfrentarnos al hecho de que puede que seamos mortales, y puede que nuestra muerte sea terrible, pero algunas mentes son invulnerables.

Puntuación final: 8,5

5 comentarios sobre “House ★★★★

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