Deadwood ★★★★★

Años de emisión: 2004-2006
Creador: David Milch
Intérpretes: Timothy Olyphant, Ian McShane, Molly Parker, John Hawkes, Keith Carradine, Robin Weigert, Powers Boothe, Kim Dickens, Ricky Jay, Titus Welliver, Dayton Callie, Paula Malcomson, William Sanderson, W. Earl Brown, Sean Bridgers, Jim Beaver, Brad Dourif, Leon Rippy, Jeffrey Jones, Keone Young, Geri Jewell, Bree Wall, Timothy Omundson, Sarah Paulson, Ray McKinnon, Garret Dillahunt, Gerald McRaney, Brian Cox, Anna Gunn, Pruitt Taylor Vince, Omar Gooding, Cleo King, Gale Harold, Peter Jason, Stephen Tobolowsky, Kristen Bell, Nick Offerman, Peter Coyote, Ashleigh Kizer

El Western ha sido para muchos, durante mucho tiempo, uno de los géneros por antonomasia, especialmente del cine estadounidense (aunque sus códigos genéricos, en realidad, no pertenecen exclusivamente a ese país, ni mucho menos). No en vano algunas de las primeras películas mudas son precisamente westerns, y podría considerarse a este tipo de películas algo así como un exiguo Cantar de Gesta del pasado de Estados Unidos. Sin embargo, esta glorificación ha venido aparejada, por desgracia, con una falsaria lectura de la historia, y a la implantación en la psique colectiva de una serie de iconos y de mitos que no solamente no se corresponden con una realidad histórica, sino que han reescrito unos hechos con ignominioso cinismo e infamia. Desde los años sesenta, sin embargo, fueron apareciendo títulos que desmitificaban este género y contaban la historia con mayor honestidad, en un progresivo despojamiento del romanticismo inicial que desemboca finalmente en el Western canónico estadounidense más perfecto, descarnado, irónicamente conmovedor, trágico, denso y superlativo de la historia: ‘Deadwood’, la serie creada por David Milch para HBO que se emitió entre 2004 y 2006 y que el año pasado se cerró con una película 13 años después.

Por lo que cuentan, su creador, David Milch, tenía pensado ejercer de showrunner (el jefe creativo) de una serie sobre la antigua Roma. Como HBO ya tenía en preproducción la que luego sería la magnífica ‘Rome’ (2005-2007), Milch tuvo que cambiar de escenario y escribir lo que, en el fondo, verdaderamente quería hacer y no sabía si contaría con el suficiente ascendiente para poder hacerlo: adentrarse en las tripas de uno de los poblados mineros (porque ni siquiera puede hablarse propiamente de una ciudad o un pueblo, sobre todo en los primeros compases de la historia) más míticos del pasado de EEUU, Deadwood, un enclave histórico por el que pasaron no pocas leyendas del oeste (desde Wild Bill Hickock hasta Calamity Jane, pasando por Wyatt Earp y algunos otros) y que todavía existe, situado en el condado de Lawrence, en Dakota del Sur, con 1.270 personas censadas en 2010. El pueblo que da nombre a esta serie es el marco indeleble en el que sus docenas de criaturas vivirán y morirán al son de una violencia, una corrupción y una sed de oro que marcan de forma inevitable los vecinos de sus mal avenidos vecinos. Pero el sustrato de la serie es también político, pues en esos años todavía no se había anexado a los EEUU (por lo que sus leyes no se aplicaban allí) y sociológico, dado que sus montañas riquísimas en oro (las Black Hills) eran territorio sagrado de los nativos, lo que provoca no pocos conflictos sangrientos.

Es por tanto un enclave perfecto no solamente para contar el turbulento y furibundo pasado de los EEUU, sino también su presente, y probablemente también su futuro, pues Deadwood, el pueblo, se erige en un fabuloso microcosmos cerrado en sí mismo, casi un universo con sus propias reglas y personalidades diferenciadas, un espejo trágico convertido en collage de rostros y de eventos terribles, engarzados con mano maestra por un David Milch (un veterano guionista curtido en varias series de éxito en EEUU) en estado de gracia, que cuenta con un equipo soberbio de dieciocho guionistas y catorce directores a su cargo, pero que es el absoluto creador y responsable último de la serie, y el verdadero autor de todos los (prolijos, minuciosos, barrocos) diálogos de todos los personajes, del que dicen, además, que era un perfeccionista enfermizo que reescribía las líneas una y otra vez y era capaz de llevar a los actores al límite porque quizá era consciente de que estaba creando una joya irrepetible. Desgraciadamente para él (y para todos), y a pesar de la aclamación universal de la crítica, la serie fue un rotundo fracaso de público, algo que no se podía permitir la HBO por los elevados costes de cada episodio, y aunque se intentó evitar hasta el último minuto, la serie fue cancelada en su tercera temporada, justo cuando la elaboradísima trama empezaba a subir en intensidad emocional y tensión psicológica (pues estaba planeada para al menos dos temporadas más), y se cerró con un último episodio bastante flojo y anticlimático, por lo que podemos hablar de una creación truncada. Trece años después tuvo lugar la película, o por mejor decir TV Movie, que cierra la historia que no se pudo cerrar en su momento, y de la que luego también me ocuparé…

Bien. ¿Por qué esta serie es el mejor Western canónico estadounidense (y con esto me refiero al Western del mítico Oeste de Estados Unidos, porque hay muchos westerns…)? ¿En qué elementos factuales descansa la magnificencia de esta serie? A mi juicio en tres: su puesta en escena, vigorosa, personalísima y con un arrollador halo trágico; su creación de personajes y dirección de actores, que luego desgranaré; y su extraordinario y complejísimo guion, que organiza una trama densa, casi laberíntica, en cada temporada, como si el pueblo fuera un inmenso tablero de ajedrez en que cada casa, y cada calle, y cada habitante de Deadwood fueran una ficha en una partida a vida a muerte entre las distintas fuerzas que luchan por dominar tan importante enclave estratégico, económico y sociopolítico, mientras que destila, en el arcaizante lenguaje que sus personajes destilan en sus diálogos, un amor por la lengua, un deleite y detallismo por la palabra, como jamás se ha visto en ninguna serie de la historia. El hecho de que se trate de una serie truncada en su finalización no le resta esplendor ni vigor a estos tres elementos, y en cierto sentido engrandece su halo trágico. Después de ‘Deadwood’, a pesar de que seguirán haciéndolos, ya no caben más westerns, y ya no podemos ver más westerns anteriores a él. Como si hubiéramos viajado en una máquina del tiempo, hemos accedido a un pedazo de verdad incontrovertible y hemos averiguado que el western clásico (por no decir académico) de los años treinta, cuarenta y cincuenta era una gran mentira.

Pero ‘Deadwood’ no es, en ciertos aspectos, un western canónico. Casi nunca vemos grandes praderas (más bien sólo vemos gigantescas montañas pobladas de bosques). Sus personajes no participan de la figura del típico pistolero callado y errabundo. Y aún así es un western puro porque su esencia misma es la supervivencia en un medio tan hostil como el desierto o el mismo infierno. ‘Deadwood’ es un poblado en el que la vida no vale nada, y en el que los más fuertes, comandados por los más inteligentes y despiadados, aplastan sin compasión a los débiles o bienintencionados, cuando no la mala fortuna, la desgracia, la pobreza o la enfermedad. Y en ese infernal ambiente, existe un rey: el mefistofélico, inefable, inquebrantable Al Swearengen. ¡Qué creación más superlativa! Pensado en un principio para aparecer unos pocos episodios, pronto Milch se dio cuenta de que Ian McShane había dado vida a algo tan increíble que eclipsaba a cualquier otro personaje de la serie en carisma, en presencia, en personalidad. A pesar de tratarse de un hombre notoriamente inmoral, violento, bebedor, proxeneta, maligno en muchos sentidos, Al es el corazón de la serie, y los escasos momentos en que sus actos evidencian su esquiva magnanimidad son extraordinarios porque complementan el dibujo de un carácter inexpugnable.

Ian McShane, en el papel de su vida, posee la suficiente generosidad como para ceder parte de la imagen al sobresaliente reparto de decenas de actores que pueblan Deadwood, desde el idealista sheriff Bullock (Timothy Olyphant), hasta la viuda Garrett (Molly Parker), o el legendario Wild Bill Hickok (un impresionante Keith Carradine). Todos poseen su momento y su espacio en la serie, sin que el arrollador Al les eclipse por entero, y todos los personajes formarán parte de ese entramado, de ese tablero de ajedrez en el que intereses económicos y políticos se entrelazan hasta situar a unos y a otros en posiciones irrenunciables, en un crescendo dramático muy trabajado, que se percibe dentro de cada episodio, de cada temporada de las tres que filmaron, y de la totalidad del material completado, que da idea de la estructura general de la obra, y de lo que podían haber dado de sí las dos últimas temporadas.

Uno de los aspectos que más sorprenden de ‘Deadwood’, además de su cuidada ambientación, su dirección artística y su diseño de producción, que son de primerísimo nivel y cuidados hasta el mínimo detalle, es su puesta en escena, y con eso me refiero a su planificación audiovisual, su empleo de la cámara, del montaje, del encuadre, del movimiento, del sonido, de los efectos sonoros, la música y el montaje de sonido en general. Resulta, toda ella, no solamente una serie increíblemente cinematográfica, sino netamente cinematográfica. Lejos de acercarse a este complejo material de una forma academicista o teatral, que aligerase su intrincada trama, Milch y su equipo de cineastas arman un conjunto visualmente muy atractivo y sonoramente muy completo, hasta el punto de que sería un verdadero regalo que proyectaran algunos episodios (o la serie entera, ya que estamos pidiendo…) en los cines, para apreciar en su justa medida los claroscuros lumínicos configurados por sus directores de fotografía, la alucinante profundidad de campo de sus encuadres, la creatividad en su alternancia focal (dando lugar a secuencias que pueden verse sin diálogos y que se entienden por las ópticas empleadas en cada plano), el habilidoso juego de los puntos de vista de cada secuencia (todas las secuencias importantes poseen varios puntos de vista que enriquecen la experiencia narrativa) y el puntilloso trabajo de sonido es crucial a la hora de zambullirnos en un mundo con tanta vida, con tanto ajetreo de personajes, con tantos diálogos que son casi música, punteada por la presencia sonora de miles de pequeños detalles.

Su pasmoso salvajismo (no creo decir ninguna tontería si la emparejo con la también salvaje, casi infernal ‘Meridiano de sangre’, la obra maestra de Cormac McCarthy) entronca con los chispazos de humanidad, de ternura, que de cuando en cuando afloran en la serie, tanto en personajes positivos (Sol, Charlie), como en los más terribles. ‘Deadwood’ podría ser la creación televisiva más sanguinaria, más brutal, jamás realizada. Pero su violencia no es atractiva ni romántica. Con ella no se pretende atraer al espectador, sino causarle repulsión, pavor, el horror más absoluto y despiadado. ‘Deadwood’ es, en suma, un collage de las actitudes humanas ante la vida, y de los distintos aspectos de la nuestra naturaleza en un microcosmos irrespirable. Sus tres temporadas saben a poco, pero poseen la aureola de lo irrepetible, de una visión artística cercana a lo sublime, y su injusta cancelación no puede romper ese estatus.

Trece años después (se rumoreó que después de la cancelación la historia se cerraría con dos películas que nunca llegaron y que parecía que nunca llegarían) se filmó, con guion de David Milch, la TV Movie ‘Deadwood: The Movie’ (2019), estrenada exclusivamente en HBO, y con la que pretendían cerrar un relato que se quedó truncado. Se trata de un filme estimable, que nos devuelve a casi todos los personajes, y sobre todo al más importante de todos ellos, Al. No es, por desgracia, el filme apoteósico que todos habríamos deseado. Su metraje (una hora y cincuenta minutos, una duración normal para cualquier película) se antoja insuficiente para terminar esta larga saga. Más parece otro capítulo, el verdadero capítulo final, de la serie. Está muy bien hecho en casi todos los aspectos y los personajes están ahí, pero antes que otra cosa, antes que el final de la trama (que de nuevo vuelve a quedar abierta…) es un homenaje a lo que fue esta serie y una nostálgica despedida. Es probable que dada la situación personal de David Milch no se le pueda pedir mucho más.

Ahi queda esta singularísima y magistral serie como punto final del western. A partir de ahora, todos los que se hagan se verán enfrentados a ella, y probablemente perderán. Muchos sienten rechazo por su arcaicos diálogos, su violencia exacerbada o su condición de western, pero otros pensamos que su gloria estética se va a mantener incólume y vigente muchas décadas después de haber sido creada.

Puntuación final: 9,5

12 comentarios sobre “Deadwood ★★★★★

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