La vida de Adele (La vie d’Adèle) ★★★★★

Dirección: Abdellatif Kechiche
Guion: Abdellatif Kechiche, Ghalia Lacroix (Novela gráfica: Julie Maroh)
Intérpretes: Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Salim Kechiouche, Mona Walravens, Jeremie Laheurte, Alma Jodorowsky, Aurélien Recoing, Catherine Salée, Fanny Maurin, Benjamin Siksou, Sandor Funtek, Karim Saidi

Algunas películas, escogidas, singulares, únicas, son como verdaderos seísmos, como sacudidas planetarias, que apenas tienen explicación y que rara vez dejan herederas. Las llaman, generalmente, obras maestras, y son algo más que eso. Se sitúan en una zona tan estratosférica, tan inalcanzable para sus hermanas pequeñas, como un gigante frente a enanos. Todo eso es ‘La vida de Adèle’ (‘La vie d’Adèle – Chapitre 1 & 2 ‘, que en 2013, en aquel extraño Cannes presidido por Steven Spielberg, se llevó la Palma de Oro por aclamación, aunque no faltaron las voces, muchas de ellas feministas, y también de colectivos homosexuales, que denunciaban a la película como una pieza exhibicionista, como un astuto ejercicio de cine que escondía, en su interior, un desprecio total por cierta sexualidad, y un ansia casi obscena por mostrar desnudos los cuerpos de dos bellas jóvenes practicando sexo en varias secuencias. En otras palabras, que la sexta realización del realizador franco-tunecino Abdellatif Kechiche nació con la pátina de prestigio (que a veces tanto empaña las películas, más que impulsarlas) y con la polémica bajo el brazo al mismo tiempo.

Basada en la novela gráfica ‘El azul es un color cálido’, de Julie Maroh, el filme es una apasionada indagación de la madurez sexual de la protagonista, Adèle, interpretada con una increíble mezcla de inocencia y curiosidad, de fragilidad y vehemencia, por Adèle Exarchopoulos, de tres horas de duración que se hacen cortas, y que en su trenzado de sensualidad y realismo, de pulsión erótica y rugosidad urbana, resulta una experiencia literalmente hipnótica para el espectador de paladar más exigente, que se verá arrastrado a una sinfonía sobre todo de miradas, más que de palabras, de gestos, más que de acciones, y de colores y sensaciones, en una puesta en escena impresionista en la que Kechiche, con mano maestra, se sumerge en algunas cuestiones mayores de la vida moderna, y lo hace sin caer en lo melodramático ni lo convencional, sino dejándose llevar por la vida de su personaje protagonista.

Conocemos a Adéle con 15 años, y nos despedimos de ella con más de veinte. Al principio es una estudiante con gran interés por la literatura, y al final es una maestra de escuela de primaria. Pero en el camino sucede un cambio trascendental en su vida. En los primeros compases del relato se interesa por un chico de su escuela y llega a acostarse con él. Pero la vemos insatisfecha, extrañada, fuera de sitio. No tardará mucho en cruzarse con la persona, con el suceso brutal, de su existencia: la lesbiana de pelo azul Emma, por la que sentirá una curiosidad creciente, y que le hará plantearse su orientación sexual. Porque Adèle, su mirada, sus ojos, aquello que buscan, aquello en lo que se posan, son el eje de la estructura visual de la película. Adèle es una criatura perdida, casi desamparada, solitaria, que no sabe lo que quiere, y que busca, continuamente, el objeto de su deseo. Pocas veces en el cine hemos asistido a semejante pulsión, a una tensión física semejante, casi como un desgarro. La hermosa, desorientada, Adèle encontrará en Emma el objeto verdadero de su deseo, el cambio que necesita para crecer, y se alimenta de él, de su sexo, de su cuerpo, de una manera voraz, insaciable.

Más que un enamoramiento, aunque también, asistimos al fenómeno de una criatura incapaz de ser feliz, inquieta, desasosegada, turbada, y al encontronazo con alguien que la alimenta y la destruye al mismo tiempo. Kechiche filma todo esto de manera apasionada y gélida al mismo tiempo, reinventando el término “descarnado”. Su cámara no alberga el menor pudor mostrando cuerpos desnudos en el éxtasis sexual, y durante varios minutos. Más que una muestra de exhibicionismo, las escenas de sexo de ‘La vida de Adèle’ son al mismo tiempo una celebración de la vida y una confirmación de lo efímero, casi del vacío de la existencia y de la turbación de una identidad, la de Adèle, siempre a la deriva, siempre descontenta. La cámara, más que mostrar lo que ella mira, la observa a ella, observa cómo sus ojos miran lo que desea, lo que no comprende, lo que le causa curiosidad. Kechiche y Exarchopoulos construyen así uno de los personajes femeninos más importantes del siglo XXI, y aunque una impresionante Léa Seydoux, como la chica de pelo azul, está absolutamente magnífica, y aunque Emma es un personaje más feroz, menos contemplativo, menos inseguro, el verdadero alma de la película, de la historia, de la puesta en escena, de quien se enamora la cámara, es de Adèle Exarchopoulos.

Dividida en dos partes bastante diferenciadas, la primera está más dedicada al cambio en la vida de la protagonista y al inicio de su idilio con Emma, y la segunda al deterioro progresivo de su relación. No tiene piedad Kechiche de sus personajes, y no lo tienen sus personajes ni con ellas mismas ni con la otra parte. El desenlace del relato es desolador, aplastante y durísimo. Adèle no puede dejar de ser ella misma, un personaje en tránsito, un animal incapaz de retener sus pulsiones, pese a sus terribles equivocaciones, pese a su egoísmo exacerbado. Necesita el sexo como necesita comer, y de hecho la vemos comer con el mismo ansia conque practica el sexo. Comienza como una niña, como una aprendiz al lado de Emma, y termina de la misma manera, aunque más desengañada, más amargada, sin comprender nunca del todo, sin evolucionar, sin crecer verdaderamente, porque entiende el mundo sólo desde lo físico, desde lo sensorial, y por eso el mundo la expulsa y la repudia.

El filme obtuvo la Palma de Oro no solamente para su director, sino de forma excepcional también para sus dos protagonistas, verdaderas co-creadoras, que se lanzaron al vacío y se desnudaron, literal y metafóricamente, para hacer esta película, que es un prodigio de elegancia narrativa incluso en sus muy explícitas escenas eróticas y un certero retrato de la sexualidad contemporánea, de la identidad, tanto oculta como aparente, en cualquier sociedad avanzada del mundo. Pero no es un estudio ni una reflexión sobre el lesbianismo (como la también extraordinaria ‘Brokeback Mountain’ no lo era sobre la homosexualidad), sino un retrato de la soledad, de la búsqueda de la satisfacción y la plenitud físicas, y también como ‘Brokeback Mountain’ en el caso de Ennis del Mar, un poema lírico sobre una personalidad hacia dentro, sobre la bella y trágica y desorientada Adèle.

Puntuación final: 9,5

4 comentarios sobre “La vida de Adele (La vie d’Adèle) ★★★★★

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